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Edición del 23 / 07 / 2024
                   
04/04/2024 17:10 hs

El villamercedino que fue héroe sin poner un pie en la isla

- 04/04/2024 17:10 hs
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Pedro Miranda, mecánico especialista en armamento de aviones, pasó más de dos meses radicado en Tierra del Fuego durante el conflicto armado, pero vivenció tres situaciones límite de guerra que le valieron el reconocimiento de ‘Cruz al Heroico Valor en Combate’, la distinción militar más alta que otorga el país.
El 1° de abril de 1982, Pedro Prudencio Miranda se enteró por medio de una radio uruguaya que él y sus compañeros de la 6° Brigada Aérea de Tandil iban a tener participación en la guerra de Malvinas, en el intento por recuperar la soberanía nacional de las Islas. El hombre nacido en Villa Mercedes, en aquél momento de 30 años, casado y con hijos, recuerda que lo primero que sintió fue euforia y conmoción, aunque fue rápidamente reemplazado por la angustia de imaginar los escenarios que podrían presentarse en los días sucesivos.

Entre el 8 de abril y el 13 de junio, Pedro permaneció en una base militar de la Fuerza Aérea Argentina en Río Grande, Tierra del Fuego, a unos 600 kilómetros de Malvinas. “Yo soy un mecánico especialista en armamento, toda mi vida trabajé con cañones, bombas y misiles”, explica. Si bien no viajó nunca hasta las islas durante la guerra, Pedro es considerado un veterano porque experimentó situaciones de suma dificultad que equivalen a estar en la primera línea de combate.

A menudo, los excombatientes de Malvinas buscan evitar recordar los factores sentimentales que atravesaron en cada uno de los acontecimientos complejos que vivieron. Sin embargo, a medida que las primeras lágrimas comienzan a bajar por su mejilla y sus cuerdas vocales se tensan, dificultando la enunciación ideal de las palabras, Miranda termina por dar el brazo a torcer y se entrega definitivamente a la emoción que le provoca recordar los tres momentos límites que vivenció como miembro del Ejército Argentino durante el conflicto en el Atlántico Sur.

1° situación

“Lo peor que existe en la humanidad es la guerra, y después de eso vienen los errores de guerra”, subraya el veterano. El primer día de combate en Malvinas, un avión argentino bombardeó por equivocación al buque de transporte ‘ELMA Formosa’. En cuanto surgió la información de que una de las bombas había quedado en el interior sin explotar, solicitaron a un experto de la base Río Grande para ir y desarmarla. El encargado para estos escenarios era Pedro Miranda, aunque en ese momento le llegó la orden de enviar a alguien con menos rango jerárquico y de estado civil soltero.

“Me negué rotundamente. Una y otra vez le dije al teniente que esto era mi responsabilidad, pese a que me recordó que tenía esposa e hijos de los que cuidar”, narra Pedro, visiblemente conmovido con el recuerdo. Así, tras esa muestra de coraje, el mecánico viajó en lancha hasta el buque damnificado y comenzó a trabajar para desarmar la bomba.

En la oscuridad de la bodega, Pedro temblaba “como si tuviese Parkinson” y se vio obligado a frenar su tarea en dos oportunidades por exceso de transpiración, pese a las temperaturas bajísimas del momento. Estaba sólo, pero fue la compañía de la foto de sus hijos que llevaba a todas partes lo que lo ayudó a superar la situación. “Los veía y les pedía que me den tranquilidad, que los quería volver a ver”, confiesa.

Pasaron 42 años de aquél suceso, 42 años en los que Pedro disfrutó de una vida plena junto con su esposa y sus hijos. Hoy, un fragmento de aquella bomba descansa en el Museo Malvinas de La Punta y el explosivo detonante está en la casa de la familia Miranda.

2° situación

El 23 de mayo de 1982, tras el despegue de aviones A4Q de la base de Río Grande, uno de los pilotos informó su necesidad de regresar por fallas técnicas con sus bombas. Al tocar la pista, una cubierta de la nave explotó y forzó al piloto a eyectarse inmediatamente, falleciendo lamentablemente en el acto. Al margen de la pérdida, el otro problema que tenían en la base era que esperaban el regreso de cuatro aviones más, con el combustible justo para aterrizar en diez minutos, en una pista que ahora representaba una gran amenaza.

En ese momento, Pedro Miranda tuvo que elegir entre dos alternativas: dar la orden de que los cuatro pilotos que regresaban se eyecten de sus naves, sin posibilidad de garantizar su bienestar, o tratar de desarmar las bombas a contrarreloj y poner en jaque su propia vida.

El mecánico sanluiseño optó por la segunda opción y, rodeado del resto de los compañeros de la base que observaban su trabajo a 400 metros de distancia, logró desactivar las amenazas y dejar la pista de aterrizaje en condiciones, justo al mismo tiempo en que los aviones que regresaban de Malvinas asomaron por el horizonte. Su accionar singular de ese día les salvó la vida a los cuatro pilotos argentinos.

3° situación

Ya sobre el final de la guerra, la base de Río Grande recibió una orden fragmentaria de enviar cuatro aviones armados para intentar frenar la avanzada inglesa sobre el Puerto Argentino. “Nos solicitaron que cambiemos la espoleta de las bombas y programarlas para que exploten 2.6 segundos después de ser lanzadas”, explica Pedro. La espoleta tiene una función similar al seguro de una granada, que una vez removida inicia la cuenta regresiva para su detonación.
Mientras el equipo técnico trabajaba en la preparación de los aviones, se escuchó un grito que resonó en toda la base. Una mezcla de terror, desesperación, angustia y resignación. Era Pedro Miranda, quien sin emitir palabras concretas hacía entender perfectamente al resto de sus compañeros que algo terrible había sucedido. Y es que el seguro de la bomba que colocaba Pedro se había salido, iniciando la cuenta letal de 2.6 segundos.

“Hasta el día de hoy no sé cómo hice. Lo repito un millón de veces y en 2.6 segundos no me sale nunca”, asegura. En el escaso tiempo que tuvo, logró correr la bomba lo suficiente para que la espoleta roce la parte de la carcasa y no explote. “Quizás hubiese habido menos muertos que en el crucero Belgrano, pero por haber sido autoadministrado sería el peor de todos”, admite.
A los costados de Pedro había otros siete aviones cargados con bombas, un polvorín de campaña a menos de 50 metros con más de 600 bombas extras que hubiesen detonado todas juntas, la planta de combustible de aviones civiles 50 metros en la otra dirección, la torre de vuelo y el aeropuerto. “El triangulo perfecto del desastre”, describe el excombatiente, un héroe de Malvinas que nunca pisó las islas.



Agencia San Luis 

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